Opinión

El futuro del PRI, en manos de Carlos Joaquín

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Tiro Libre

Anwar Moguel
Novedades Chetumal
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El PRI en Quintana Roo, que tras una vida de excesos en el poder acumuló un sinfín de vicios, achaques y enfermedades, está herido de muerte y se desangra lentamente después del demoledor golpe que recibió de parte de uno de sus hijos, al que despreció, humilló y obligó a ir al exilio, pero que a partir del 25 de septiembre tendrá el destino del Tricolor en sus manos.

Mucho se ha comentado que el grupo Cozumel, dirigido por el ex gobernador Félix González Canto y su pupilo, el casi ex gobernador Roberto Borge Angulo, está intentando quedarse con los despojos del PRI al tratar de imponer en el liderazgo estatal a alguno de sus alfiles.

Los nombres del ex candidato a la gubernatura, Mauricio Góngora Escalante, y del político preferido de Borge, el diputado federal José Luis “Chanito” Toledo, se han lanzado al aire como los que podrían tomar la presidencia partidista en esta durísima etapa, con la finalidad de reagruparse y levantar al Tricolor del estado de coma.

Pero quienes piensan que el grupo político que aún está en el poder en el estado –aunque a cada segundo pierden influencia– tiene fácil el camino para imponer al próximo dirigente estatal del PRI están seriamente equivocados, pues las circunstancias del Tricolor no son las mismas que antes del 5 de junio.

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Los mismos militantes priistas, los de a pie, los que conforman las bases del partido y nutren las filas de su maquinaria electoral, han quedado lastimados por el estilo de hacer política del PRI actual y no dudan al señalar a los culpables de la histórica derrota que los hizo perder la gubernatura por primera vez en la historia de la entidad.

El disgusto entre los que todavía mandan en el PRI y su militancia ha tomado tintes de divorcio en esta semana, pues el partido, sin decir agua va dejó en la calle a la mitad de sus empleados en la sede estatal y en los municipios, negándoles una liquidación merecida por sus años de servicio con el pretexto de que su apoyo era “voluntario” y el partido correspondía a eso con una retribución económica.

A partir de ya, el Tricolor enfrenta una larga temporada de vacas flacas, pues los tiempos en que gozaban de abundantes recursos provenientes del presupuesto del gobierno estatal, municipios y hasta de los poderes Judicial y Legislativo, se acabaron de golpe y porrazo. Como resultado, el PRI está en agonía económica y no se vislumbra como puedan obtener los recursos necesarios para su operación política rumbo a 2018, año en que disputarán cuatro diputaciones federales y dos senadurías, además de las 11 presidencias municipales y diputaciones locales.

Para revivir, el PRI necesita negociaciones y acuerdos que lo nutran de recursos, pues no están acostumbrados a la austeridad, y el único que puede lanzar un salvavidas es su hijo malquerido: Carlos Joaquín González.

La única solución viable en el corto plazo para el Tricolor es que Carlos Joaquín, ya como gobernador, sea el gran elector del próximo dirigente Tricolor. Así de simple, así de absurdo.

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Y es que Carlos Joaquín, aunque ha estrechado lazos con el PAN y el PRD nacionales con miras al 2018, nunca ha renegado de su ex partido, ni ha criticado sus políticas ni principios, y de hecho muy dentro de él su corazón rojo sigue latiendo; su ataque ha sido teledirigido contra quienes manejaron al Tricolor en la entidad en los últimos dos sexenios.

Hace unos meses el PRI en Quintana Roo despreció al hijo que lo pudo haber llevado a una victoria contundente, pues gozaba de la simpatía hasta de los tradicionales opositores al Tricolor; ahora, para salir de la barranca, el partido tendrá que arrodillarse y pedir perdón a su hijo abandonado por motivos de supervivencia, entregándole al mismo tiempo el bastón de mando. No hay de otra.

La decisión de salvar o aniquilar al PRI, estará en las manos del próximo gobernador.

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