Opinión

La disyuntiva del decálogo

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Anwar Moguel
Tiro Libre / Novedades Chetumal

DisyuntivapenaLa crisis política que sacude al país y mantiene en jaque al gobierno federal encabezado por el presidente Enrique Peña Nieto no tiene precedentes, pues a pesar de que la historia mexicana está llena de episodios que van de lo trágico a lo vergonzoso, nunca un mandatario se vio tan vulnerable como en la actualidad.

El país se incendia. El caso Ayotzinapa fue solamente la chispa que generó una explosión de ira ciudadana acumulada que tras dos meses no ha logrado ser contenida. Al contrario, parece que las llamas se avivan y toman distintas formas, distintos rumbos, saltando de un lugar a otro, de una universidad a otra, de un ciudadano a otro.

La indignación que provocó la desaparición –y segura matanza- de 43 normalistas en el estado de guerrero, sumada a los escándalos por señalamientos de probable corrupción de la familia presidencial, colocó al presidente en el centro de una tormenta perfecta que ha superado todas las precauciones tomadas.

En el ojo del huracán, Peña Nieto acusó a fuerzas invisibles de querer desestabilizar su gobierno que utilizaron como detonador la tragedia de los normalistas, y sin duda tiene razón.

Es claro que los enemigos políticos del presidente aprovecharán cualquier coyuntura que se les presente para lanzarse a la yugular, porque así es la política en México desde siempre, llena de conspiraciones y traiciones que han forjado nuestra historia.

Pero para que dichos enemigos ocultos en las sombras puedan realmente desestabilizar a un mandatario en un México donde el “presidencialismo” sigue siendo la norma, se necesita la materia prima para el escándalo: corrupción o negligencia.

Y es ahí donde el presidente y su equipo han fallado. Vieron que la tormenta venía y no se hincaron.

Si el caso Ayotzinapa detonó una reacción ciudadana nunca antes vista, los escándalos periodísticos de la amañada concesión para la construcción del nuevo aeropuerto –ya revocada, tras las pruebas de posible tráfico de influencias– y sobre todo de la célebre “casa blanca” de la primera dama, han sido el combustible perfecto para mantener ardiendo la ira ciudadana.

Tras varias semanas de atolondramiento por la andanada de golpes mediáticos el presidente decidió pasar a la ofensiva, presentando en un mensaje a la nación un decálogo de acciones con las que se pretenden pacificar a un país al borde del desastre.

La decisión presidencial de abandonar su postura defensiva y pasar a la acción fue correcta, ya que en estos casos de crisis política, donde los ciudadanos ya no creen en nada ni en nadie, lo único que puede ayudar a apaciguar los ánimos son acciones contundentes, precisas y sobre todo eficientes.

El problema es que para calificar las acciones se requieren resultados, y los resultados no se obtienen de la noche a la mañana. Al presidente Enrique Peña le esperan aún muchas noches de insomnio mientras los ciudadanos se convencen –o no– de que el gobierno federal está haciendo lo correcto.

Lo que fue claro para todos es que el plan presidencial es demasiado ambicioso, tanto que raya en la utopía, sobre todo cuando asegura que se acabará con la criminalidad.

Para vencer la incredulidad del pueblo, para legitimar y fortalecer su debilitado gobierno, Peña Nieto tiene que lograr que su plan funcione y que funcione bien, pues de lo contrario solo servirá de alimento a sus detractores.

“Es pura demagogia, yo ya no le creo nada y se me hace que no va a servir para nada”, me comentó una profesionista de 50 años de edad mientras platicábamos de las acciones propuestas en el decálogo de Peña.

No coincidí con su postura y le respondí que desde mi perspectiva no es demagogia, porque a como están las cosas el presidente no se puede dar el lujo de ser exhibido nuevamente. Es un intento desesperado, pero genuino, de rescatar su mandato. No le queda otra opción que hacer funcionar su plan o enfrentar un triste destino.

¿Funcionará? Es difícil asegurarlo porque el decálogo deja más dudas que certezas. Por ejemplo, es innegable que las policías municipales han sido infiltradas por el crimen organizado, pero también las estatales están sumergidas hasta el copete en el fango de la delincuencia. El experimento previo del mando único ha sido un fracaso total, y la recién estrenada gendarmería federal no ha dado una.

meme911El número de emergencias único es una buena idea, y a pesar de las críticas el 911 es una opción adecuada ya que es muy utilizado a nivel internacional, lo que facilita a los turistas el realizar un llamado de auxilio. Sin embargo de nada servirá un número de emergencias único si las policías reaccionan a la velocidad de una tortuga artrítica.

Utopía o no, el presidente está en una disyuntiva: o su decálogo de acciones para un México en Paz cumple su propósito y da al menos algunos resultados tangibles, o quedará aún más debilitado con más de la mitad de su sexenio por delante.

Esperemos que de esta crisis salga algo bueno. Que este despertar ciudadano contribuya a mejorar la función gubernamental y a pacificar al país, que es lo que todos deseamos.

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